lunes, 25 de septiembre de 2017

Alemania ha cambiado

"Recupera tu país", cartel electoral de AfD.
La ultraderecha AfD ha conseguido 94 diputados en el Bundestag. Solamente este dato indica la enorme importancia de las elecciones del pasado 24 de septiembre después de las cuales Alemania ya no es la misma, aunque Merkel ha vuelto a ganar. Es la cuarta vez consecutiva e igualará a Helmut Kohl como la persona que durante más tiempo ha gobernado el país tras la Segunda Guerra Mundial. Pero su victoria es casi pírrica, ya que deberá hacer un verdadero malabarismo político para poder formar gobierno. Los socialdemócratas, por su parte, están en plena caída libre en sintonía con la crisis de la izquierda en Europa. Los dos grandes partidos que han configurado la política alemana desde 1945 han resultado tocados, y ha surgido con fuerza un fantasma que muchos ya daban por enterrado en Alemania.

Los resultados de las elecciones en Alemania han abierto las puertas al parlamento federal, el Bundestag, a un partido de corte populista y de ultraderecha: Alternativa para Alemania, AfD. Nació con el objetivo de protestar contra la política alemana de salvar el Euro y no consiguió por décimas entrar en el parlamento en las elecciones de 2013. Cuatro años después, y tras añadir a su acervo programático anti Euro un discurso claramente xenófobo, nacionalista y antisistema, le han votado el 12,6% de los electores, lo que suponen 94 diputados.

Con este resultado se consolida una evolución que comenzó precisamente tras la fallida entrada parlamentaria en las anteriores elecciones. Desde entonces todas las citas electorales locales y regionales han sido un paseo triunfal para este partido, que desde su fundación no deja de crecer a pesar de sus constantes y endémicas crisis de liderazgo. La AfD ya está en todos los parlamentos regionales y ahora también controla casi una séptima parte del Bundestag, lo que demuestra que a sus electores les da igual quién lidera el partido en cada momento.

¿Quién vota a AfD?

¿Quiénes son esos electores? Según los datos poselectorales, la mayoría son hombres, de Alemania del este (donde incluso han conseguido ser el partido más votado en tres circunscripciones de Sajonia), trabajadores y parados. No es un partido de viejos ni de jóvenes, sino que le votan en su mayor parte gente de entre los 25 y 59 años, especialmente en la franja entre los 35 y 44 años, donde son el 16% del total. Hay menos gente de esa edad que vota a los Verdes, a los liberales del FDP y a la Izquierda, y el mismo número que vota a la SPD. Solamente les supera la CDU de Merkel, que gana en todas las franjas de edad.

Trasvase de votos a AfD.
Pero lo realmente interesante es el trasvase del voto a la AfD según el instituto Infratest Dimap. No es un origen predominantemente conservador, como se podría creer en un principio. La CDU cristianodemócrata ha perdido un millón de votos que en 2013 apostaron por Merkel y que esta vez lo han hecho por la AfD. Pero también la izquierda ha visto como un millón de sus electores de 2013 han elegido esta vez a la ultraderecha: 500.000 ex votantes del SPD, 430.000 de Die Linke (Izquierda) y 40.000 de los Verdes. Es decir, dos millones de ex votantes de los partidos tradicionales alemanes de 2013, tanto de rechas como de izquierda, se han pasado al AfD. A ellos hay que sumar otro millón de abstencionistas que se han movilizado y han elegido a la ultraderecha populista. Es, claramente, un voto protesta tras doce años de gobiernos de Merkel, ocho de ellos en coalición con los socialdemócratas del SPD.

Schulz, el perdedor

Precisamente el SPD es el gran perdedor de estas elecciones. Aunque mantiene la segunda plaza como partido más votado, ya solamente lo han hecho el 20,5% de los electores. Es un 5,2% menos que en 2013, y entonces ya se advertía sobre el mal resultado cosechado. Esta vez los socialdemócratas apostaron fuerte al poner al frente a Martin Schulz, un político con carisma bregado tras años al frente del Parlamento Europeo.

Fuga de votos de SPD.
La candidatura de Schulz no ha evitado el desastre, que se ha manifestado en una pérdida de 40 escaños en el Bundestag y de 1,7 millones de votos. Como ya se ha señalado, 500.000 de esos votos han ido a la AfD, pero también se han perdido 430.000 en favor de los liberales del FDP, 400.000 para los Verdes y 380.000 para Die Linke. Curiosamente, el trasvase de votos con la CDU sale a 20.000 votos en favor del SPD. Es decir, los votantes socialdemócratas de 2013 descontentos se han marchado a todas las fuerzas políticas casi por igual: ha sido una huida hacia todas direcciones, lo que supone una muy mala noticia para el futuro del SPD ya que no existe un solo competidor en el cual concentrarse para recuperar el voto.

Todos los análisis coinciden en culpabilizar a los años de la gran coalición de este desastre, lo que ha provocado que Martin Schulz haya anunciado en la misma noche electoral que ya no habrá más pactos con Merkel. Esto ha provocado una situación difícil para la canciller que tendrá que hacer malabarismos.

“Jamaica”

La palabra más repetida en Alemania tras el 24 de septiembre es “Jamaica”. Así llaman a la única coalición de partidos que puede salvar la gobernabilidad de Merkel. El nombre viene de los colores de los partidos: negro (CDU), amarillo (FDP) y verde (de los Grüne, Verdes). Es la única suma, a parte de la gran coalición, que garantizaría a Merkel una mayoría absoluta para gobernar: 393 diputados, 38 más de los 355 de la mayoría. Existen casos en la política local y regional de coaliciones de este tipo, sin embargo, sigue siendo un escenario muy volátil.

Fuga de votos de CDU.
CDU y FDP son socios naturales. Durante los años de Kohl fue la eterna coalición de gobierno. Después, entre 2009 y 2013 repitieron con Merkel al frente, pero hace cuatro años el FDP no entró en el Bundestag por no alcanzar por poco el 5% de los votos necesario para tener representación parlamentaria. Ahora han vuelto y con fuerza: 80 diputados y el 10,7% de los votos. Pero no son suficientes para gobernar con la CDU entre los dos. El Partido de Merkel ha sido el más votado, con el 32,9% de los votos, pero son un 8,6% menos que en 2013, lo que se traduce en una pérdida de 65 escaños. Paradójicamente, la mayoría de los votos perdidos, 1,3 millones, han ido a parar a la FDP, pero los que faltan son el millón de votos que se han marchado con la AfD.

Ese hueco lo deberían cerrar los Verdes para que Merkel pueda gobernar sin contar con una nueva gran coalición, lo que devuelve a este partido otra vez al centro de la agenda mediática alemana tras su año milagroso de 2012, cuando las encuestas le daban la opción incluso de adelantar al SPD en intención de voto y ganaron las elecciones en el Land muy conservador del suroeste, Baden Württemberg. Desde entonces el entusiasmo por los Verdes se ha congelado, y se han mantenido en un firme, pero inamovible 8 y pico: 8,4 en 2013 y 8,9 en 2017.

La pregunta ahora es si están dispuestos a dejar gobernar a Merkel. Aunque con el tiempo los Verdes han apostado por una política de corte casi exclusivamente medioambiental, dejando en un segundo plano su agenda social, sigue siendo muy difícil para muchos ecologistas hacer tratos con la derecha. El origen izquierdista de los Verdes les ha hecho durante años el socio de gobierno natural con el SPD, pero en los últimos años se han repetido casos de coaliciones con la CDU. Ahora se trata de decidir si quieren dar el salto a nivel federal, lo que sin duda abrirá un debate interno muy profundo en el seno del partido, lo cual puede afectar incluso a su cohesión interna y a su futuro, de la misma forma que afectó el debate por el apoyo al bombardeo de Kosovo en 1999, cuando su líder carismático, Joschka Fischer, era ministro de asuntos exteriores en un gobierno con el SPD.

Merkel no tiene fácil formar gobierno. Y tampoco lo tendrá con la AfD en los escaños de la oposición. Uno de los líderes de la ultraderecha, el ex CDU Alexander Gauland, afirmó que su objetivo a partir de ahora será “cazar” a Merkel, una expresión que adelanta el discurso que la ultraderecha puede empezar a utilizar en el Bundestag y que dista mucho de la cordialidad parlamentaria.

La CDU ha ganado, pero ha sufrido una gran herida, el SPD se está desangrando, los pequeños partidos se han congelado en torno al 8%, y la ultraderecha, con un discurso radical y ofensivo, se ha convertido en el tercer partido más votado. La política alemana ha cambiado. ¿Afectará a Europa?



domingo, 17 de septiembre de 2017

Elecciones en Alemania: más Merkel, declive socialdemócrata y la ultraderecha en el Parlamento

En las elecciones alemanas del próximo domingo Merkel volverá a ganar, según las encuestas. Gobernará en total 16 años y será, junto a Helmut Kohl, la persona que durante más tiempo ha gobernado Alemania desde la Segunda Guerra Mundial. También se producirá otro acontecimiento que lleva siendo algo habitual en las elecciones alemanas: un nuevo descalabro de los socialdemócratas. Sería el tercero seguido en unos comicios federales. Todo parece más de lo mismo, pero esta vez ocurrirá algo nuevo y preocupante: la ultraderecha entrará en el Parlamento, y lo hará con fuerza.

El domingo 24 de septiembre se celebrarán elecciones en Alemania. Merkel va a volver a gobernar fuera de toda duda. La pregunta a estas alturas es con quién: las encuestas dan al partido de Merkel, la conservadora CDU, una media de intención de voto ligeramente inferior al 40%, mientras que su perseguidor, los socialdemócratas del SPD, llegan sólo al 24% en los barómetros más optimistas para ellos. El resto de partidos con representación en el Bundestag, el parlamento federal, oscilan alrededor del 8-10%. Es el caso de los verdes y de la izquierda. Los liberales del FDP también llegarían a esa cifra, por lo que volverían al parlamento.

Es decir, Merkel seguiría gobernando, pero las cifras le impedirían un gobierno en mayoría absoluta (históricamente muy improbable en Alemania) por lo que tiene la capacidad de elegir socio. Este sería, con mucha probabilidad, el FDP, aliado histórico de los conservadores. Pero también queda abierta la posibilidad de una tercera gran coalición o incluso de una coalición con los verdes, que han dado un giro conservador en los últimos años y cuya alianza con la CDU, imposible años atrás, ya se ha ensayado en algún Land.

Con toda probabilidad, Merkel tratará de evitar una nueva gran coalición con la SPD, ya que de esa manera debería ceder mucha influencia política a un partido en plena caída. Sería la tercera gran coalición desde 2005, año desde el cual la socialdemocracia no levanta cabeza. ¿Por qué? No se trata de un problema exclusivo de Schulz. En las anteriores citas electorales, en las que el SPD ha ido cosechando sus peores resultados desde 1945, se responsabilizaba en gran parte a los candidatos a los que se calificaba de grises y faltos de carisma. Con Schulz el SPD ha apostado claramente por un candidato con un gran carisma que comenzó su carrera electoral con unos resultados en las encuestas muy positivos. Sin embargo, esos números han ido empeorando con el tiempo y amenazan al SPD con su peor derrota electoral.

Crisis socialdemócrata y auge de la extrema derecha
Esto se debe fundamentalmente a la crisis global de la socialdemocracia, un fenómeno que ya ha prácticamente borrado del mapa al hace no mucho todopoderoso Partido Socialista de Francia. Las causas de esta crisis seguramente tengan que ver con un problema en el mensaje y en la percepción del papel de estos partidos en las sociedades actuales, cada vez más segmentadas en diferentes grupos muy polarizados, lo cual está sustituyendo el clásico conflicto derecha-izquierda: ahora los conflictos son entre 'arriba y abajo', centro y periferia, los de dentro y los de fuera, etc... Y los partidos socialistas no tienen espacio propio, claro y definido en esos conflictos y pierden votantes.

Quien los gana es la ultraderecha populista de la Alternativa para Alemania (AfD): hay encuestas que ya les sitúan en el 12%. El ascenso de la popularidad del AfD es una de las consecuencias del fin del relato del conflicto izquierda derecha en la sociedad. En este caso, la AfD se nutre del conflicto 'nosotros contra ellos', que puede interpretarse tanto como un rechazo a los extranjeros como a la clase política. De hecho, los carteles contra Merkel son tan numerosos como los que protestan por la presencia de inmigrantes.

El AfD es ante todo protesta. Votar a este partido se ha convertido en un acto que refleja rabia ante la globalización y sus efectos: la incertidumbre, el miedo al futuro, la precarización laboral, el terrorismo, etc. No existe un votante homogéneo a este partido. Los hay de todas las clases sociales y lugares de Alemania. Les mueven intereses sociales y políticos diferentes, pero sobre todo les mueve un sentimiento de protesta común. No es un voto constructivo sino para castigar.

Según las encuestas, el AfD podrá entrar en el Bundestag y con una representación de unos 50-60 diputados, sin embargo, no tendrá efectos políticos reales ya que no tendrán influencia parlamentaria real a la hora de la aprobación de leyes o de apoyo al Gobierno. Su papel será simbólico y, sobre todo, mediático. Se les intentará aislar, y su éxito o fracaso futuro, que se medirá en su capacidad de seguir creciendo o no, estará supeditado a su capacidad de poder romper ese aislamiento.

El futuro: seguirá el inmovilismo alemán
¿Qué pueden esperar los europeos de una nueva victoria de Merkel? Seguramente nada nuevo. La estabilidad, o si se quiere el inmovilismo, es la marca de Merkel. Su votante busca precisamente la rutina y la falta de acciones espectaculares. La única acción espectacular protagonizada por Merkel fue la apertura de las fronteras a los refugiados, y eso ha provocado la única grieta en la intención de voto a la canciller, de la que ha conseguido recuperarse. Es precisamente esa mirada constante a las encuestas electorales lo que caracteriza no solamente al gobierno de Merkel, sino a todos los gobiernos de las democracias actuales. Y eso está condicionando de sobremanera su actuación en estos momentos de cambios e incertidumbre política.

Precisamente esta constante observación de los barómetros electorales será lo que determine el futuro de la política ante el flujo de refugiados. Tendrá dos ejes: un control estricto de la entrada de nuevos refugiados, y un esfuerzo importante por tratar de integrar al mayor número de ellos en la economía, incluso antes que en la propia sociedad. Esto sería coherente con la política y el mensaje de Merkel, que quiere abarcar todo el arco social alemán, tanto a los que apoyan la recepción de refugiados como a los que la rechazan. Sobre todo, responde a la demanda de mano de obra de la economía alemana, que ha dejado de nutrirse de los emigrantes europeos a medida que la crisis ha ido reduciéndose.


(Este artículo está basado en una entrevista concedida por el autor a la Escuela de Periodismo Internacional EFE -UNED).


lunes, 17 de julio de 2017

Elecciones en Alemania: ¿seguirá Merkel?

El próximo 24 de septiembre se celebrarán elecciones generales en Alemania. La canciller Angela Merkel, del partido democristiano CDU, se volverá a presentar para gobernar una nueva legislatura al frente de la República Federal Alemana. En caso de ganar, sería ya su cuarta legislatura como canciller y, al llegar al año 2021, podría igualar en número de años en el cargo al recientemente fallecido Helmut Kohl, y con opciones de seguir presentándose. Merkel podría batir los récords de años como canciller. Y por el momento los números parece que le acompañan.

Las últimas encuestas de intención de voto son muy optimistas para los conservadores alemanes, que han recuperado terreno ante sus dos principales adversarios: los socialdemócratas del SPD (adversarios históricos por el control del Gobierno) y los populistas de ultraderecha de Alternativa por Alemania (AfD) (adversarios en la movilización del voto de derechas). Según el último barómetro publicado el pasado 9 de julio por la cadena de televisión pública ZDF, la CDU de Merkel (que también sumaría a sus ‘hermanos’ bávaros de la CSU), conseguiría el 40% de los votos. El SPD tendría que contentarse con un 24% y la AfD con el 7%. En el orden de intención de voto seguiría la izquierda de Die Linke con el 9%; los verdes (Grüne) con el 8%; y los liberales del FDP con el 8%.

Barómetro para ZDF, julio 2017


Este último dato resultaría fundamental para las aspiraciones de Angela Merkel, ya que supondría que el socio natural de los democristianos, el FDP, superaría la barrera electoral del 5% y volvería a entrar en el Bundestag (el parlamento alemán). En las elecciones de 2013 este pequeño pero histórico partido consiguió solamente el 4,8% y no logró representación parlamentaria por primera vez en su historia. Las consecuencias para el sistema político alemán fueron muy importantes, ya que, a pesar de que el partido de Merkel alcanzó el 41,5% de los votos, necesitó un nuevo socio y, ante el riesgo de inestabilidad de un Gobierno en minoría, se resucitó la gran coalición con la SPD, la segunda vez en poco tiempo después de la legislatura 2005-2009. Pero con los datos actuales, según los cuales la intención de voto de situaría en el 40% (según casi todos los institutos demoscópicos), Merkel volvería a gobernar y lo haría con los liberales.  

   
Sin embargo, la evolución de la intención de voto de la CDU no siempre ha sido optimista en los últimos meses. En el primer trimestre de 2017 los números no salían para Merkel. Según una encuesta de Emnid publicada el pasado 4 de marzo, CDU/CSU y SPD empataban con un 33% de intención de voto. Forsa publicó otra encuesta el 8 de marzo que daba a CDU/CSU un 33% y a SPD un 32%, unos datos que se repetían en todos los principales institutos demoscópicos del país, y que suponían una subida muy importante para los socialdemócratas, que solamente habían cosechado un 25,7% de votos en las elecciones de 2013. La causa era el llamado ‘efecto Schulz’ por la designación del ex presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, como candidato del SPD.


Auge y desplome del SPD en las encuestas

Martin Schulz

Al menos eso decían las encuestas en el mes de marzo. Una coalición de SPD, Grüne y Linke sumaban un 47% (GMS), 48,5% (Allensbach), 49% (Emnid), 46% (Forsa) o 47% (Infratest Dimap). En todos esos casos la suma de CDU/CSU y FDP no superaba el 40%, por lo que una mayoría de izquierdas parecía posible en el Bundestag, lo que, a su vez, empezó a dar alas a los partidarios de este pacto, sobre todo en el seno de SPD y Die Linke, dos partidos enfrentados a nivel federal, aunque ya comparten desde hace tiempo coaliciones de gobierno a nivel de los Länder, sobre todo en el este. La izquierda era optimista y el SPD parecía una excepción en la crisis global de la socialdemocracia.

Pero con el paso de los meses el ‘efecto Schulz’ se ha evaporado. Ni siquiera ha servido a los socialdemócratas para incrementar o mantener sus cuotas de poder en los Länder. El 26 de marzo, una semana después de la proclamación de la candidatura de Schulz, el SPD cosechó unos resultados muy decepcionantes en el Land del Sarre, y el 7 de mayo incluso sufrió una importante derrota en Renania del Norte Westfalia, el Land más poblado de Alemania y la hasta entonces joya de la corona socialdemócrata. Se trataba de una tendencia general, ya que a finales de mayo el SPD retrocedía a una intención de voto en torno al 26% - 25%.

Evolución de la popularidad de Merkel y Schulz
En cuanto a la popularidad de los candidatos, hubo unas semanas en los pasados febrero y marzo que Martin Schulz superaba a Merkel. Sin embargo, esa tendencia se ha invertido, y según el barómetro de la cadena pública de televisión ZDF, el 1 de junio Merkel casi doblaba a Schulz en popularidad: un 59% frente a un 31%. Además, según la web Statista, ante la pregunta “¿Debería jugar un papel importante en el futuro?”, un 67% de los encuestados considera que Merkel sí debería jugar un papel importante en el futuro de Alemania, frente a un 45% que opina lo mismo de Martin Schulz. Siendo aún más concretos, en otra encuesta del mismo portal Statista, el 48% de los encuestados prefiere que el Gobierno federal siga en manos de la CDU, mientras que solamente un 32% quiere un cambio al SPD.

Las causas de este ‘desinflamiento’ del SPD, y sobre todo del retorno de los apoyos a Merkel, son muchas y variables. Por ejemplo, Alemania va bien: el paro es estructural, del 5,5% (junio 2017) y la economía sigue creciendo a un ritmo constante. Merkel, además, ha reaccionado ante el principal argumento de ataque a su gestión: la crisis de los refugiados.


Los refugiados y la ultraderecha

En el verano de 2015 Merkel reaccionó ante una enorme avalancha de refugiados de la cuenca sur y este del Mediterráneo abriendo las fronteras de Alemania, que desde entonces ha acogido a más de un millón de personas. Aunque en un primer momento fue aplaudida, el ambiente entre la sociedad alemana ha ido cambiando paulatinamente en contra de esta política aperturista, una tendencia que se ha visto reflejada en una encuesta de la Fundación Bertelsmann de abril de 2017, según la cual un 54% de alemanes teme que la llegada masiva de refugiados ponga en peligro los servicios públicos debido a la enorme demanda.

Desde el principio, los sectores más conservadores de la política alemana se pusieron a trabajar en contra de la política de acogida de Merkel, que fue utilizada como el principal argumento para desgastar a la canciller. Muchos políticos de la CDU, pero sobre todo los bávaros de la CSU, se rebelaron contra la canciller. Sin embargo, si hubo un partido que se beneficiaba del malestar entre la derecha, ese era la AfD.

Alternativa para Alemania se fundó en la víspera de las elecciones federales de 2013 y a punto estuvo de entrar en el Bundestag con un 4,7% de los votos. Alcanzó popularidad a raíz de la crisis financiera de Grecia, y comenzó a cosechar éxitos electorales en los Länder, donde en muchos casos alcanzó cifras de votos superiores al 10%. Pero fue la crisis de los refugiados la que empezó a poner a este partido populista de ultraderecha en la agenda política nacional: si en septiembre de 2015 (el mes de la apertura de las fronteras de Alemania) la CDU/CSU tenía una intención de voto del 42% y la AfD de solamente el 3,5% según Allensbach, en mayo de 2016 la AfD había subido hasta el 12,5% (+ 9) y la CDU/CSU se había desplomado al 33,5% (-8,5).

La subida de la AfD el mismo año de los éxitos del populismo de derechas (Ukip con el Brexit, Trump, la ultraderecha austriaca, etc.), puso a Europa en vilo, ya que en 2017 las elecciones de Francia y Alemania podían continuar la senda del éxito de este movimiento. En Francia el Frente Nacional consiguió pasar a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales para ser aplastados por Macron, y en Alemania sus amigos de la AfD se han ido desinflando poco a poco: en junio de 2017 la intención de voto era de solo el 6,5% (-6 con respecto a mayo de 2016). ¿Por qué?

La respuesta puede ser muy simple: porque la poderosísima personalidad de Merkel ha sido capaz de absorber todas las respuestas a todos los conflictos en la sociedad alemana. Por ejemplo, mientras dirigentes destacados de los conservadores alemanes exigen una cifra tope de refugiados en Alemania, la propia Merkel asegura que mientras ella sea canciller ese tope no existirá. Es decir, tanto los detractores como los defensores de la llegada de refugiados encuentran argumentos en el seno de la CDU sin necesidad de buscar otros partidos.

Otro ejemplo muy reciente: mientras que Merkel decidió abstenerse en la votación de la ley de matrimonio que permite las bodas entre personas del mismo sexo, muchos diputados de CDU y CSU dividieron su voto a favor y en contra. Es decir, los debates que ocupan y preocupan a los alemanes se producen en el seno del mismo partido de Merkel, que ha dejado de lado su etiqueta de democristiano y se ha convertido en completamente transversal. Fuera del debate quedan sus adversarios, tanto el SPD y la AfD, que son incapaces de movilizar a los alemanes en contra del hiperliderazgo de Merkel.



domingo, 25 de junio de 2017

Pedro Sánchez y las primarias del PSOE, o ¿la victoria de la emoción?


La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE, ¿es la victoria de la emoción a través de un relato?: La historia de un líder injustamente expulsado de palacio por una confabulación de sus lugartenientes que traicionan su confianza, y que meses después, reciben un justo castigo con el retorno de la víctima al poder. ¿Hasta qué punto este relato y las emociones que despierta ha sido fundamental para los resultados de las primarias? El sociólogo Manuel Castells explica que “el componente emocional de la cognición política condiciona la eficacia del procesamiento de la información relativa a asuntos y candidatos. (…) La racionalidad por sí sola no determina la toma de decisiones; es un proceso de la información a un segundo nivel que depende de las emociones activadas”.

El pasado 21 de mayo Pedro Sánchez ganó las primarias del PSOE. Lo hizo de manera contundente, con una mayoría absoluta del 50,26% y 74.805 votos. Por el otro lado, su principal oponente, la líder del PSOE andaluz, Susana Díaz, pudo contabilizar 59.392 votos, el 39,90% del total. El tercero en liza, Patxi López, quedó a bastante distancia de los dos primeros; consiguió el 9,84% de los votos, un total de 14.652.

López fue el primer candidato en presentarse públicamente. Lo hizo el 15 de enero, un día después del Comité Federal que fijó las fechas del 39 Congreso para los días 17 y 18 de junio. Por delante quedaban seis meses, y prácticamente todos los colaboradores y ‘barones’ territoriales que habían apoyado a Pedro Sánchez durante su primera etapa como secretario general se aliaron en esta candidatura. Todos tenían en común haber sido expulsados del núcleo dirigente del PSOE tras el Comité Federal del 1 de octubre de 2016 en el cual Pedro Sánchez y los líderes territoriales encabezados por Susana Díaz se enfrentaron abiertamente por el poder, con el desenlace de la dimisión de Sánchez y su retirada de Ferraz.

Parecía que esa retirada del liderazgo del PSOE también iba a serlo de la política, sobre todo, tras su renuncia al acta de diputado en el Congreso. Todo apuntaba a un enfrentamiento entre un Patxi López que aglutinaría el ‘aparato’ afín a Sánchez, y Susana Díaz y los líderes territoriales y sus propios y poderosos ‘aparatos’. Sin embargo, dos semanas después de la presentación de la candidatura de Patxi López, Pedro Sánchez sorprendió al anunciar su propia candidatura en un acto en Dos Hermanas, Sevilla.

En un principio parecía que la ausencia de cuadros experimentados y de ‘aparato’ con capacidad de crear y mantener una campaña sobre el terreno, iba a condenar a Sánchez al papel de comparsa. Sin embargo, pronto se vio que no iba a ser así. Los actos públicos se llenaban, y poco a poco se fue creando una expectativa en torno a la candidatura que le fue dando cuerpo con cada vez más militantes y simpatizantes apoyando y colaborando, al margen de los mensajes que recibían de otras instancias del PSOE, hasta el punto de crear lo que el diario El País llamó una “estructura paralela” con capacidad para recoger avales, organizar mítines y movilizar el voto ¿Cómo fue esto posible?

La clave está en la emoción

El sociólogo Manuel Castells explica en su libro ‘Comunicación y poder’ que “el componente emocional de la cognición política condiciona la eficacia del procesamiento de la información relativa a asuntos y candidatos”. Es decir, frente al tradicional ‘contar apoyos’ de los procesos internos de los partidos, Sánchez se centró en movilizar el componente emocional de los militantes del PSOE, una estrategia que ha empezado a cobrar sentido desde que el sistema de elección del liderazgo a través de delegados ha sido sustituido por el voto directo de la militancia, y, por lo tanto, funcionan los mismos mecanismos de una campaña electoral tradicional.

¿Y cómo activó Sánchez el componente emocional? Aprovechando el relato que sus contrincantes le habían servido en bandeja: La historia de un líder injustamente expulsado de palacio por una confabulación de sus lugartenientes que traicionan su confianza. El Comité Federal del 1 de octubre se convirtió en protagonista de las primarias frente a cualquier otra consideración o propuesta. Patxi López trató sin éxito de fijar el marco del discurso en el ‘día después’ del congreso, superando lo ocurrido en el Comité Federal y apelando a la confraternización frente al conflicto. Ese discurso no interesaba, no era atractivo para la mayoría de la militancia que buscaba integrar sus sentimientos en un relato, y esos sentimientos pedían venganza. Y tampoco lo consiguió Susana Díaz, que se presentaba con el eslogan ‘100% PSOE’, tratando de apropiarse de las esencias del partido, aunque sin especificar en qué consisten.

De todas formas, Susana Díaz lo tenía muy difícil ante la campaña de Pedro Sánchez, que decidió que el principal sentimiento que debía activar debía ser la ira. Manuel Castells destaca la importancia de la ira en la movilización emocional del electorado: “La ira es una respuesta a un acontecimiento negativo que contradice un deseo (en este caso el Comité Federal del 1 de octubre). La ira aumenta con la percepción de una acción injusta y con la identificación del agente responsable de la acción” (es decir, Susana Díaz). Y subraya: “Cuando esa ira se dirige hacia un candidato que antes nos gustaba, se produce la aversión”. Es decir, la campaña de Pedro Sánchez jugó sobre todo la carta del ‘antisusanimo’ para ganar.

Y en esto, los medios de comunicación jugaron un papel fundamental.

   
El papel de los medios

Dice Manuel Castells que medios y política se retroalimentan: los políticos necesitan a los medios para trasladar su mensaje a los votantes. Pero, por otro lado, los medios necesitan a los políticos para que les abran las puertas para acceder a una audiencia controlada emocionalmente por ellos, y acceder así a ese segmento y poder desarrollar su negocio en él. Esto es así porque los medios “se dirigen a audiencias específicas, interesadas en confirmar sus opiniones más que en informarse en otras fuentes”, asegura Castells, que en este sentido recuerda que para los medios “no se trata simplemente de conseguir una cuota de audiencia, sino de conseguir la audiencia objetivo. Ésta es la lógica fundamental del modelo de comunicación partidista”. Y la mayoría de los medios se dieron cuenta desde el primer momento de la fuerza del relato ‘sanchista’, y como afirma Castells, “los marcos de las noticias, una vez construidos, retroalimentan a las élites políticas”.

Pero, ¿por qué los medios eligieron el relato de Pedro Sánchez? Christian Salmon, el autor del libro de referencia en comunicación política, “Storytelling”, explica en el ensayo “La ceremonia caníbal. Sobre la performance política” que, debido a la revolución tecnológica, las personas están sometidas a una “sobrecarga de la información” en sus rutinas. Esto también afecta a la comunicación política, que utiliza los mismos medios de comunicación para llegar al cliente-votante que las empresas. En este caso, el político compite con todo un despliegue de programas, historias e imágenes de entre las que tiene que lograr ser visible para poder ser identificado y posteriormente votado. Para conseguirlo ya no sirven los antiguos discursos ni las antiguas técnicas de movilización política.

Ahora recurren a la técnica del relato, cuyo fin no es tanto informar a los ciudadanos como llamar su atención y retenerla mediante el entretenimiento. Los ciudadanos-espectadores “fingimos interesarnos por la crisis, la deuda, el paro, cuando en realidad estamos sedientos de historias, de héroes y de villanos”, asegura Salmon.    “Queremos relatos íntimos, sorpresas, golpes de efecto. Lo último just in time. Sin tiempos muertos. Emoción en flujo continuo”. La emoción es la clave del relato, no la ideología o el programa político. 

El relato, según Salmon, “permite no solo captar la atención como lo hacen el logo, la imagen de marca, sino también fidelizar a las audiencias, guiar y retener las atenciones gracias a auténticos engranajes narrativos”. Y eso en política significa llegar al poder o mantenerse en él.   


Es decir, el relato de Pedro Sánchez era tan fuerte y eficaz que siempre estaba en el primer puesto de la agenda mediática, aunque el propio Sánchez apenas ofreciera entrevistas ni ruedas de prensa. Su relato funcionaba solo, y los medios de comunicación lo necesitaban para aprovechar las primarias del PSOE para hacer de ellas un acontecimiento mediático y          que generara amplias audiencias, … e ingresos por publicidad.

lunes, 2 de enero de 2017

El PSOE en crisis: más poder con menos votos

El Partido Socialista comienza 2017 en crisis, pero paradójicamente, mientras ha ido perdiendo apoyos electorales en las últimas citas en las urnas, ha visto como se ha ampliado su influencia y poder en las instituciones: después de la debacle de 2011, en 2015 consiguió recuperar varios gobiernos autonómicos y muchos grandes municipios perdidos, y tras el intenso año 2016 y la celebración de dos elecciones generales consecutivas, tiene capacidad para influir decisivamente en la agenda de La Moncloa. El PSOE en crisis está consiguiendo más con menos.

El PSOE está en crisis. Así lo dicen los números. Las últimas encuestas revelan que los socialistas sufren por mantenerse alrededor del 20% en intención de voto, cuando hace tan solo unos años, en las elecciones generales de 2008, el 43,87% de los votantes eligieron una papeleta del PSOE. Esta sangría en los resultados ha sido la que ha provocado una crisis de liderazgo que persiste en la cúpula del partido desde que el ex presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, declinara presentarse a las elecciones generales de 2011. Desde entonces, en cinco años los socialistas han tenido dos candidatos, dos secretarios generales y una gestora que debe organizar un nuevo congreso que dará paso a un liderazgo en 2017. En ese proceso, el PSOE ha perdido casi seis millones de votantes y, lo que es más grave, la imagen de partido ganador, teniendo que pugnar ahora por el protagonismo en la oposición con los partidos emergentes.

Sondeo de Sigma Dos, enero 2017.
Sin embargo, aunque parezca paradójico, en esos mismos cinco años el PSOE ha visto cómo, a pesar de perder la mitad de sus votantes, ha recuperado un importantísimo poder institucional y, lo que es crucial en el nuevo sistema de partidos, se ha situado en una posición envidiable en el centro del tablero político que le otorga una influencia fundamental en las agendas gubernamentales, con capacidad de diálogo a su derecha y a su izquierda.

Este fenómeno es muy evidente a nivel local. En las elecciones municipales de 2015 el PSOE recibió 5.603.823 votos que se tradujeron en un total de 20.823 concejales y concejalas. En las municipales de 2011 los socialistas consiguieron 6.276.087 votos y 21.767 ediles. El contraste con 2007 es aún más fuerte, ya que ese año salieron elegidos 24.029 ediles socialistas con 7.760.865 votos. Es decir, en cuatro años, el PSOE perdió a nivel municipal más de un millón de votos y más de tres mil ediles. Sin embargo, a pesar de que los resultados globales en 2015 son peores, el resultado en clave de poder es mucho más positivo: En las municipales de 2011 el PSOE perdió 19 alcaldías en las capitales de provincia (entre ellas Barcelona y Sevilla) y solamente mantuvo el poder en cuatro: Toledo, Cuenca, Soria y Zaragoza. Cuatro años después, los socialistas gobiernan en 19 capitales y grandes ciudades gracias a coaliciones y acuerdos con otras formaciones políticas, y son socios fundamentales de gobierno en otras siete, entre ellas Madrid, Barcelona, Valencia o Zaragoza.

Poder autonómico y legislativo

A nivel autonómico ocurre algo parecido. En las elecciones autonómicas de mayo de 2011 el PSOE obtuvo en total 256 diputados en los parlamentos regionales que se sometían a las elecciones (todos excepto Andalucía, Euskadi, Galicia y Cataluña). Fue una debacle que hizo perder al PSOE en sus feudos regionales como Extremadura y Castilla la Mancha, quedando reducidos los gobiernos autonómicos socialistas de seis a dos: Asturias y Andalucía. Cuatro años después, en mayo de 2015, los socialistas consiguieron un total de 225 diputados autonómicos, es decir 31 menos que en 2011. Sin embargo se hicieron con el gobierno de seis comunidades gracias a coaliciones o acuerdos con otros partidos: Extremadura, Castilla la Mancha, Baleares, Asturias, Aragón y la Comunidad Valenciana, además del gobierno de Andalucía que ya había defendido con éxito en las urnas unos meses antes. Por lo tanto, el PSOE terminó el año 2015 con siete gobiernos autonómicos, uno más que en el año 2007 y siendo el socio fundamental en dos más: Canarias y Cantabria.


Otro ejemplo más reciente a nivel autonómico. En las elecciones vascas del pasado 25 de septiembre de 2016 los socialistas bajaron de los 16 escaños alcanzados en 2012 (casi 212.000 votos) a 9 (poco más de 126.000 papeletas). Son siete diputados y unos 86.000 votos menos que hace cuatro años. Sin embargo, el PSE-EE ha conseguido no solamente influir en el Gobierno vasco, sino participar directamente en tres consejerías. Los socialistas han vuelto así a Ajuria Enea después de que en 2009 consiguieran ganar las elecciones con 25 escaños y 318.000 votos. Esta vez han perdido casi dos tercios de sus apoyos de hace siete años, pero vuelven a jugar un papel fundamental en la política vasca.

Por último, a nivel de las elecciones generales, la sangría de votos y de escaños socialistas es más flagrante: Si en 2008 votaron al PSOE 11,2 millones de españoles y los socialistas consiguieron 169 diputados en el Congreso, en 2011 fueron solamente siete millones los que eligieron al PSOE y su Grupo Parlamentario menguó hasta 110 representantes. Los socialistas perdieron el Gobierno y pasaron a la oposición frente a una mayoría absoluta del PP de 186 diputados, lo que le permitió aprobar una serie de leyes y medidas que provocaron el espanto de una oposición absolutamente impotente en el parlamento.

En las elecciones de junio de 2016, la repetición de los comicios debido a la imposibilidad de formar Gobierno tras las elecciones de diciembre de 2015, los socialistas perdieron aún más votos y escaños: solamente votaron al PSOE 5,4 millones de españoles (unos 2,6 millones menos que en 2011 y 5,8 millones menos que en 2008). El resultado fueron 85 diputados, 25 menos que en la debacle de 2011, y casi la mitad que los conseguidos en 2008. Sin embargo, a pesar de contar con menos escaños que hace cuatro años, el PSOE tiene ahora la capacidad de influir notablemente en la agenda del Gobierno del PP, al que ha permitido formarse debido a su abstención en la investidura. El PP necesita al PSOE, y éste ya está empezando a abordar la derogación o el cambio de las leyes y medidas polémicas aprobadas en solitario por el PP en la pasada legislatura cuando los socialistas, con más diputados que ahora, no podían impedirlo: LOMCE, Ley Mordaza, Reforma Laboral, etc.

Mayor flexibilidad

A modo de conclusión se puede afirmar que el PSOE está sufriendo una grave crisis cuantitativa desde 2011, perdiendo votos y representantes de forma constante en cada cita electoral, ya sea local, autonómica o nacional. Sin embargo, a pesar de esta sangría, el PSOE ha sido capaz de recuperar desde 2015, e incluso superar, el poder institucional que tenía cuando ostentaba el Gobierno central entre 2004 y 2011. Es decir, está compensando la crisis cuantitativa con éxitos cualitativos. La causa es el cambio sustancial que está viviendo el sistema de partidos español, que ha pasado de un bipartidismo imperfecto a nivel nacional a un sistema multipartidista. Esto ha permitido repartir los votos y los escaños de manera diferente a la anterior etapa, haciendo casi imposible alcanzar una mayoría absoluta que era la premisa del PP para gobernar y que condenaba al ostracismo al partido de la oposición.

Hoy se puede conseguir más con menos. En 2015 y 2016 el PP ha superado al PSOE en prácticamente todas las citas electorales (excepto en Andalucía y en Euskadi), pero ha visto menguado su poder institucional de manera notable, mientras que los socialistas han llegado a multitud de alcaldías y gobiernos autonómicos porque han tenido la capacidad de alcanzar acuerdos con los nuevos partidos, tanto con Podemos como con Ciudadanos, mientras que el PP carece de esa flexibilidad con ambos. Hoy es el PP el que, a pesar de ganar, está en la oposición, como ocurre en el Ayuntamiento de Madrid, o en los parlamentos de Castilla la Mancha, Comunidad Valenciana, aragón, Baleares, etc.


El PSOE se enfrenta en 2017 al reto de elegir su liderazgo, pero también de redefinir su perfil en el sistema de partidos español. La época de las grandes mayorías y de los apoyos masivos han terminado y los socialistas ya no repetirán más sus resultados espectaculares e históricos de los años 80, 90 y 2000. Sin embargo, el éxito cuantitativo ha dado paso al cualitativo. Puede conseguir más con menos. Sobre todo porque el PSOE es el único partido con capacidad de negociar y alcanzar acuerdos con todos los demás. 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Elecciones en Alemania 2017: la estabilidad de Europa a examen


Tras el año 2016, el año del Brexit, de Trump y del No en Italia, 2017 se presenta fundamental para medir la fuerza de la ola populista que acecha a Europa. Tras las elecciones presidenciales en Francia, en septiembre de 2017 se celebrarán elecciones federales en Alemania, el país fundamental para la estabilidad de Europa. Merkel se volverá a presentar en un contexto político muy diferente al que le ha estado acompañando en sus pasadas citas electorales: el ascenso de un partido populista de extrema derecha que se nutre de los votantes que hasta hace poco consideraban a la canciller la “Mutti” (madre) de Alemania.

El pasado 1 de diciembre la canciller alemana y presidenta del partido cristianodemócrata CDU se sometió a las preguntas de sus afiliados por videoconferencia. En vez de encontrarse con loas a su gestión por parte de sus militantes tras once años de gobierno y una situación económica y política envidiable en medio de un continente azotado por las crisis, Merkel tuvo que escuchar muchos reproches, todos ellos relacionados con su política de acogida de refugiados. Todos repetían el mismo argumento: se han abierto las fronteras de manera irresponsable para dejar entrar en Alemania a cientos de miles de personas sin ningún control.

Estos reproches se produjeron poco antes del congreso de la CDU que ha sancionado una nueva candidatura de Merkel a las elecciones federales que se celebrarán en septiembre de 2017. A pesar de las muestras de unidad y de lealtad a la canciller y líder “ad eternum” del partido (que ha sido reelegida una vez más por casi el 90% de los delegados) ya se muestran algunas críticas relacionadas con su gestión de la crisis de los refugiados. En este sentido, la ‘número dos’ de la CDU a nivel federal, Julia Klöckner, afirmó recientemente en una entrevista a la revista Der Spiegel que desde el partido se había “esperado demasiada comprensión” por parte de los militantes con respecto a la llegada masiva de refugiados. Otro alto cargo de la CDU, Thomas Strobl, aseguró en una entrevista al periódico Die Zeit que habría que endurecer la política con respecto a los refugiados, y en concreto no dudar en expulsarlos de manera masiva, incluso a los que se encuentren enfermos. Declaraciones previas a un congreso en el que la élite de la CDU teme un distanciamiento de la base que no se identifica con la “Willkommenskultur” (cultura de la bienvenida) que propugna Merkel, y que está encontrando refugio en otra formación política en pleno auge.

La crítica frontal a la política de acogida a los refugiados es precisamente el principal argumento del nuevo partido populista de orientación de extrema derecha Alternative für Deutschland (Alternativa por Alemania). Este partido se presentó por primera vez a unas elecciones en el año 2013 y no entró en el parlamento federal (Bundestag) por muy poco al rozar el límite legal del 5% necesario según la ley electoral alemana para tener representación. En ese momento su relato se centraba en la crítica al Euro y a los países del sur de Europa que, según la AfD, se aprovechan de la fortaleza económica de Alemania y de sus contribuyentes.

"La inmigración precisa reglas estrictas", cartel de AfD.
En los últimos tres años este partido ha sufrido ciertas transformaciones e incluso crisis de liderazgo hasta encontrar su hueco definitivo en el sistema de partidos alemán: es el partido protesta (Protestpartei) de la clase media de las zonas rurales y de las regiones con menos presencia porcentual de inmigrantes como son los Länder del este. Así, en las elecciones regionales celebradas en 2016 la AfD ha cosechado unos resultados increíblemente altos para una formación de reciente creación, llegando al 24% en Sajonia Anhalt o al 20,8% en Mecklenburgo Antepomerania. En el oeste más urbano y con mayor presencia de inmigrantes, la subida también ha sido importante, pero no llega a las cifras orientales: en las elecciones de Berlín llegaron al 13,5%, en el rico Baden Württemberg (sede de Mercedes y Porsche) al 15,1% y en Renania Palatinado al 12,6%.


Auge populista en las encuestas

A nivel federal la AfD también está en auge. Según el último sondeo publicado por el instituto Emnid el pasado 3 de diciembre, la intención de voto a la CDU es del 37%, mientras que a la AfD le votaría el 12%. Hace justo un año, el 5 de diciembre de 2015, Emnid daba a la CDU el mismo porcentaje, mientras que la AfD tenía el 8%.

La Alternativa para Alemania es, según estos sondeos, el único partido que ha aumentado significativamente en intención de voto en el último año. Los socialdemócratas del SPD tenían el 25% en diciembre de 2015 y ahora el 22%; los Verdes (Grüne) pasan del 10% al 11%, mientras que la izquierda (Die Linke) se queda estancada en el 10%.

Estos números añaden un problema al auge del populismo de extrema derecha en Alemania y es el de la gobernabilidad. La alternativa a la CDU en la actualidad es muy débil, ya que Grüne y Linke no suman más que el 20%, mientras que el SPD no parece capaz de superar su resultado electoral de 2013 del 25,7%, números que casi descartarían un gobierno alternativo de izquierdas. La CDU se mantendría como el partido mayoritario, pero la aparición de la AfD en el panorama de partidos alemán, ya de por sí muy fraccionado, añade una dificultad más, ya que limita las posibilidades de pactos para la formación de Merkel a la vez que le resta porcentaje de votos.

Hasta 2013 el aliado natural de la CDU eran los liberales de la FDP. Sin embargo, cayeron fulminados en las elecciones y desaparecieron del parlamento. Hoy las encuestas no garantizan un regreso a las instituciones de este pequeño partido, por lo que la CDU, que se va a alejando del 41,5% cosechado en la última cita electoral, necesita un socio diferente para mantenerse en el gobierno. Comienzan así las especulaciones: ¿Una nueva gran coalición a riesgo de que el SPD se precipite hacia una crisis que podría ser letal? ¿Un gobierno en minoría? ¿Una alianza inédita con los Grüne, cada día más pragmáticos? O incluso, ¿un giro espectacular pero muy improbable para abrazar al AfD?

Aunque hoy en día la presencia de la AfD en el Gobierno alemán está prácticamente descartada (existe un consenso de base entre el resto de partidos para no acercarse a los populistas), pase lo que pase su irrupción en el sistema de partidos está provocando que los resultados de las elecciones federales del próximo mes de septiembre se planteen desde un prisma de incertidumbre sobre la gobernabilidad del país, lo podría tener consecuencias sobre la estabilidad de una Unión Europea que no deja de recibir golpes.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

EEUU, el voto de la furia



El 8 de noviembre de 2016 se produjo un hecho aparentemente insólito: el candidato Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en los EEUU. Junto a la victoria del ‘Brexit’ en el Reino Unido y del ‘No’ al proceso de paz en Colombia, este resultado electoral ha completado el elenco de desenlaces políticos sorprendentes en el mundo a lo largo de 2016 porque no fueron pronosticados previamente debido a su presunta irracionalidad. La reacción en todos estos casos siempre ha sido la misma: sorpresa, estupor y búsqueda de las causas. En el caso de los EEUU esta parece que ha sido la furia.


Los datos del recuento señalan que ese voto de la furia le ha supuesto a Trump el mayor número de papeletas jamás conseguido por un candidato republicano con más de 62,2 millones, un hecho poco relevante en sí ya que su rival Hillary Clinton, a pesar de su derrota, le supera. Sin embargo, más de 62 millones de personas han votado a un candidato que ha prometido levantar un muro en la frontera con México, deportar a los inmigrantes sin papeles, encarcelar a su rival, limitar el papel de los EEUU en el exterior, penalizar a las empresas extranjeras, etc. ¿Por qué?

Algunas respuestas las dan los datos a pie de urna, el Exit Polls publicado por el New York Times tras preguntar a los votantes una vez ejercido su derecho (enlace en http://www.nytimes.com/interactive/2016/11/08/us/politics/election-exit-polls.html?_r=0).

Para empezar, destaca que se trata de un voto movilizado en el último momento. La mitad de los encuestados que decidieron el voto una semana e incluso un mes antes de las elecciones eligieron a Trump frente al 37% que lo hicieron por Clinton. En cambio, el 52% de los que ya tenían decidido el voto mucho tiempo antes, incluso en verano, se decidieron por los demócratas. Es decir, el voto a Clinton se ha mantenido fiel en el tiempo mientras que el de Trump se movilizó en el último trecho de la campaña, como atestigua la evolución de las encuestas electorales que daban a Clinton por ganadora prácticamente hasta el último momento.


NYT, Exit Polls 2016

Una vez detectado que los votantes de Trump se animaron en muchos casos a hacerlo en el último momento, habría que preguntarse ¿por qué ese voto? Antes habría que destacar que el voto al candidato republicano no lo fue porque irradiara simpatía. De hecho, el 49% dijo que le gusta Trump pero “con reservas” frente al 53% de los votantes demócratas que dijo apoyar “firmemente” a su candidata. La clave está en otro sitio: el 51% de los votantes republicanos explicaron su voto porque “no les gusta” la rival, y, sobre todo, porque le votaron el 83% de los que perciben que la mayor cualidad de Trump es que “puede traer el cambio necesario”.



“El cambio necesario

“El cambio necesario” es pues una causa determinante del voto republicano. ¿Por qué? Se debe la muy negra visión que los votantes de Trump tienen del presente y del futuro de los EEUU y, sobre todo, del papel que ellos juegan y jugarán en la sociedad. Partiendo del presente, un 90% de los que desaprueban la política de empleo de la ya saliente administración Obama son votantes republicanos, una cifra muy alta incluso en un contexto de alta rivalidad partidista. Sin embargo, ese dato viene acompañado de otro muy elocuente: un 77% de los que se consideran “enfadados” por el trabajo del anterior gobierno son republicanos (frente al 78% de los que se consideran “entusiasmados” que votaron demócrata). “Enfado” es un sentimiento muy extremo. ¿A qué se puede deber?

Para explicarlo el Exit Polls ofrece más datos. El más general es que el 79% de los que consideran la situación económica de los EEUU como “pobre” votaron a Trump. Acercándonos a su ámbito doméstico, entre los que consideran que su situación económica familiar es hoy peor, un 78% eligió al candidato republicano. Y, sobre todo, lo hicieron el 63% de los que creen que la próxima generación de estadounidenses vivirá una vida peor que en el presente. Situación económica pobre, una economía familiar peor y un futuro incierto, esa es la triada que podría explicar el enfado. 


NYT, Exit Polls 2016

La causa de esta visión tan negativa de la situación económica general y particular es la globalización, y en concreto el miedo a sus efectos. Así se entiende que el 65% de los que creen que los tratados comerciales internacionales “se llevan empleos de los EEUU” votaron republicano. Pero la ‘amenaza’ no está solamente fuera, también dentro de las fronteras. Por eso el 84% de los que exigen la deportación de los inmigrantes irregulares votaron a Trump, un porcentaje que incluso aumenta hasta el 86% de votos al candidato republicano entre los que opinan a favor de construir un muro con el vecino meridional de los EEUU, México.

Un voto decidido en las últimas semanas de campaña, que considera que la situación económica y laboral en los EEUU es mala e irá a peor, sobre todo por la globalización y la inmigración. Y sobre todo, un voto “enfadado”. Ese es el perfil del voto de la furia que ha llevado a Donald Trump al despacho oval.